El huevo ha sido considerado por los pueblos más antiguos como símbolo de la creación y como un símil divino que no tiene principio. De un huevo se decía que habían salido todos los seres. Un huevo representaba el mundo.
Los druidas buscaban con gran cuidado y con una superstición extremada los llamados huevos de serpiente. Con estos huevos suponían podía conseguirse cuanto uno desease, y sobre esto contaban mil fábulas.
Los griegos y los romanos ofrecían huevos a los dioses cuando querían purificarse. Los servían igualmente en los banquetes fúnebres para purificar las almas de los muertos.
Cuando entre los cristianos llegaba la cuaresma, estaba prohibido comer no sólo carne y lacticinios, sino que también era vedado el uso de los huevos. Al concluir el periodo de abstinencia había que hacer un gran acopio de ellos. Entonces se introdujo la costumbre de mandarlos bendecir el Sábado santo y, llegada la Pascua, regalarse mutuamente gran cantidad de ellos entre las familias.
La moda introdujo también luego el uso de teñir los huevos de varios colores y las gentes más pudientes lo hacían de plateado o dorado formando con ellos vistosas pirámides, con las cuáles, a manera de ramilletes, se obsequiaba a personas distinguidas.
Los cristianos los tomaron como símbolo de la resurrección y entre los varios colores que los teñían, el rojo era en memoria de la efusión de su sangre en la cruz.

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